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viernes, 2 de noviembre de 2018

Newell's 1 - Rosario Central 2 - Copa Argentina 2017/2018

FUE 2-1 EN SARANDÍ Y A PUERTAS CERRADAS
Central lo recordará como el día del taco de Herrera y sin hinchas
En 1971, el clásico rosarino se resolvió con la célebre “palomita” de Poy. Ayer también hubo un gol inolvidable.
El cuento tenía que tener un título. Y para eso tenía que haber una acción clara, un movimiento reconocible. Como la palomita de Poy. Para que la historia perdure a lo largo de los años era indispensable encontrar un atajo poético. Y Central lo hizo de nuevo. Deberá saber Germán Herrera que sus hijos y sus nietos le preguntarán por su taco. Deberá saber que con el paso de los años podría haber distorsiones en el relato, que quizá algunos hinchas digan que se jugó en Santa Fe o que se aventuren razones irrisorias por las cuales se jugó a puertas cerradas.

Pero lo indeleble será ese instante, ese movimiento, esa acción. Hay una nueva jugada que se inscribe en la historia grande del fútbol rosarino. Ahí donde estaba el vuelo de Aldo Pedro, ahí donde los hinchas van a recurrir cada vez que tengan que salir de un apuro futbolero, ahí estará el taco de Herrera.

El taco que le puso ruido al silencio. El que rompió con un partido rodeado de miedo, que parecía destinado a los penales. El taco que sirvió como primera acción fuera de lo común para un partido fuera de lo común.

Qué le van a hablar a Herrera del Superclásico de Boca y River por la Copa Libertadores si su grito desaforado viajó de un Viaducto vacío al desahogo canalla en las calles rosarinas. Qué le van a decir al Patón Bauza de las falencias que arrastraba su equipo en la previa a este clásico si ahora se le dibuja la mejor sonrisa que pudo haber imaginado cuando volvió a su querido Central. El cheque grandote con el que posan los jugadores, en realidad, es un pasaje a la historia.

Fue una ráfaga. Un torbellino. El primer gol rompió los moldes de los 22 protagonistas y enseguida el remate letal de Fernando Zampedri sentenció a Newell's cuando al partido todavía le quedaban más de 20 minutos. Ya no había nada más que hacer. La desesperación de los de De Felippe se tradujo en expulsiones. La serenidad de Central se reflejó en la primera combinación de tres pases consecutivos del partido.

Fue el taco de Herrera el que abrió la puerta. Antes de ese instante que ya es inmortal pasó poco y nada. Una seguidilla de actos que se irán perdiendo en la intrascendencia.

Central había dado indicios de cuál era su fórmula favorita. El colorado Leonardo Gil había tirado cuatro córners con rosca al primer palo. En los primeros tres, ningún compañero logró conectar en el área. Y en el cuarto llegó el anticipo goleador ante la pasividad de los defensores.

Newell's no tuvo respuestas. Y es muy probable que de haber sido la Lepra la que abriera el marcador, suyo habría sido el clásico. El descuento de Torres, ya en tiempo adicionado, no sirve ni de consuelo.

Celebra el Canalla. Y en el vacío del estadio de Arsenal, en esta escenografía que desentona con un partido popular como pocos, retumba el grito desaforado de los jugadores. De una mitad de Rosario.

Roberto Fontanarrosa no hubiera tenido que inventar nada. Tenía todo a su alcance. El silencio se hizo ruido con una acción poética. El taco de Herrera. El 1 de noviembre. La historia canalla encuentra una nueva excusa para inflar el pecho. Acá hubo “viejos Casale” que tiraron fuegos artificiales desde las vías del tren Roca. Hasta acá llegaron hinchas para intentar ver el partido desde terrazas.

Y el cuento necesitaba un título acorde, una acción eterna. Deberá prepararse Herrera -goleador en los últimos tres clásicos- para hacer el taco en lugares inhóspitos. Para contar la escena en peñas y filiales. Porque ahora la palomita no está sola. Llegó el taco para seguir escribiendo la historia del fútbol rosarino.


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