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jueves, 1 de marzo de 2018

Flamengo (Brasil) 2 - River 2 - Copa Libertadores 2018

EN EL CONTEXTO DE SU MALA RACHA, EL EMPATE AGÓNICO ES UN ENVIÓN ANÍMICO
River encontró un poco de alivio con el punto que rescató recién sobre el final
Ante un Flamengo flojito, salió vivo con goles uruguayos: Mora, de cabeza y en offside; Mayada acertó con un remate desde afuera del área cuando parecía que todo estaba perdido.
Si hay algo que se le destacó a River durante el ciclo de Marcelo Gallardo fue que tuvo una especie de mística copera que le había faltado en otros tramos de su historia. Es por eso que el Muñeco esperaba este debut en la Libertadores para que el equipo hiciera un clic. Sin embargo, no hubo ni fuego ni juego. Y sobre el final apareció una dosis de fortuna copera para rescatar un punto cuando parecía que se iba con las manos vacías.

No se oyen gritos desde las tribunas. No hay banderas, bengalas ni papelitos. Los policías se miran entre ellos. En los alrededores del estadio hay calma, como si en el Nilton Santos las luces estuvieran apagadas. Pero no. Están prendidas. Porque es noche de Copa. Salen los equipos y la música oficial de la Libertadores, en un volumen alto, intenta disimular lo que no se puede disimular: que no hay hinchas en el estadio de Botafogo. Castigado por los incidentes ante Independiente, el Mengao, jugará dos partidos de local allí y a puertas cerradas.

Y cuando Espinoza toca el silbato, se empiezan a escuchar lo que nunca se oye. El pique de la pelota, el golpe del botín o los gritos de “jugá, jugá”, cuando un compañero tiene opciones de pase; las quejas cuando un futbolista cae golpeado; las protestas al árbitro; las indicaciones de los entrenadores o entre los propios compañeros, como el “arriba, arriba” de Armani a Montiel para despejar una pelota de cabeza; o el “Paquetá, Paquetá” de Everton Ribeiro a Lucas Paquetá para pedirle, desesperadamente la pelota. También llamaron la atención los gritos, casi alaridos, de los jugadores de Falmengo pidiendo un penal. Razón no les faltaba. Fue mano de Zuculini tras el cabezazo de Rever.

En medio de esa soledad hubo un partido que tuvo un primer tiempo para olvidar y una parte final con emociones. Con idénticos esquemas, la cancha fue un tablero de ajedrez en el que uno trataba de neutralizar al otro. Y carecían de profundidad para escapar de la presión que los ejercían en la mitad de la cancha.

Fue el entrenador de River el que diseñó un esquema pensando en cómo frenar al rival. Flamengo es un equipo que tiene juego interno en la mitad y que también busca explotar sus bandas. River intentó cerrar todo tipo de circuitos.

Los movimientos de Mora y de De La Cruz por las costados fueron importantes para dar una mano en el medio y, con el aire que sobraba, tratar de inquietar. Hubo algunos intentos en la primera mitad pero faltó más convicción. Y Mora fue el que mostró el camino para dejar la timidez de lado pateando un tiro libre de casi 30 metros. Ellos fueron los que le dieron esperanzas a River con el empate transitorio (centro de De La Cruz y gol de Mora) y casi hacen el segundo en una jugada combinada pero no alcanzó. River volvió a mostrar las falencias defensivas de siempre. Y torpeza a la hora de marcar. Sólo basta con ver las jugadas previas a los goles de Flamengo. Y las libertades que tuvieron Diego (Ponzio le cometió penal) y Everton para hacer daño.

La confusión de River era tan grande que Ignacio Scocco recién entró a los 33 minutos del segundo tiempo. La impotencia y el desequilibrio emocional también se apoderaron del equipo. Y el fiel reflejo fue Enzo Pérez que pidió a sus compañeros que no devolvieran una pelota que correspondía a Flamengo. Y, encima, Lucas Martínez Quarta había errado un gol abajo del arco. Hasta que Mora se escapó por la izquierda, tiró un centro, hubo un rechazo y Mayada, de frente, pero de lejos, con coraje y decisión, la clavó abajo. Todo River se descargó. Al menos, no perdió. Consuelo en un contexto de crisis, quizá sea mucho más que un punto.



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